
Presidente Harold B. Lee
A fin de que el hombre y la mujer pudiesen unirse en el sagrado vínculo del matrimonio, mediante el cual se preparan cuerpos terrenales como tabernáculos de cuerpos espirituales, el Señor ha puesto dentro de cada hombre joven y de cada mujer joven el deseo de relacionarse el uno con el otro. Esos son impulsos sagrados y santos, y a la vez son enormemente potentes.
A fin de que la vida no se tuviese en poco, y de que los procesos
de la vida no se utilizaran mal para la simple satisfacción de las
pasiones humanas, Dios ha puesto en primer lugar en la categoría
de delitos graves de los que se advierte en los Diez Mandamientos, primero, el asesinato, y, segundo, la impureza sexual: “¡No matarás!” “¡No cometerás adulterio!” (Véase Éxodo 20:13–14)... La Iglesia les aconseja ser modestos en su modo de vestir y de conducirse, y desechar los pensamientos malos que les llevan a pronunciar palabras obscenas o inmorales y a comportarse en forma baja e indecorosa. Para alcanzar la felicidad conyugal absoluta, las fuentes de la vida deben conservarse puras.
Las normas morales están siendo menoscabadas por los poderes del mal.
La amenaza más grande de Satanás en la actualidad es la de
destruir a la familia y ridiculizar la ley de castidad y la santidad
del convenio del matrimonio.
¿Cómo pueden los padres enseñar a sus hijos a
comprender y a vivir la ley de castidad?
La enseñanza más eficaz de la Iglesia se imparte en el seno de
la familia donde la responsabilidad del padre y de la madre es
enseñar a sus hijos, mientras éstos todavía son pequeños, los
principios básicos de la fe, el arrepentimiento, la creencia en el
Salvador, los principios de la castidad, la virtud, el honor, etc.,
que se enseñan a una edad temprana. La mejor fortaleza con que
los hijos puedan contar para mantenerse alejados de las cosas
del mundo será el temor a perder su lugar en el círculo familiar
eterno. Si se les ha enseñado en la infancia y en la adolescencia
a amar la familia y a reverenciar el hogar, pensarán dos veces antes
de hacer algo que los excluiría del pertenecer a ese hogar familiar
eterno. Para nosotros, el tener hijos, la castidad y la virtud
son algunas de las verdades más valiosas que tenemos: las cosas
más fundamentalmente importantes.